Orígenes de la Fundación Santa Ana y San Rafael

 

CINCUENTA años de vida bien cumplidos de esta obra muy querida por los religiosos Marianistas y que  llevamos con mucho afecto dentro de nuestro corazón los que en ella hemos trabajado con dedicación y entusiasmo.

 

No creo que sea el momento de hacer aquí una historia detallada de la obra, ya que tendría que extenderme demasiado. Quiero, sin embargo, traer a la memoria los comienzos de esta Fundación, ya que seguramente muchos, aun los más relacionados con ella, no conocen los contratiempos que hubo que superar antes de dar los primeros pasos; el camino difícil que ha tenido que recorrer hasta llegar a la situación actual; el compás lentísimo en el avance hacia nuevas etapas y, por fin, señalar, con agradecimiento, las personas que pusieron los fundamentos y consiguieron darle vida.

 

El Colegio Santa Ana y San Rafael nace y echa a andar en octubre del año 1945 con 120 alumnos en tres aulas. En aquellos momentos de alegría, de entusiasmo y de deseos de una obra mayor, nadie sospechó que irían apareciendo muchas e importantes dificultades que habían de poner freno a su desarrollo normal. Las fechas de creación de nuevas aulas, instalaciones de la Formación Profesional, su reconocimiento oficial, otras concesiones ministeriales, etc., fueron distanciándose excesivamente, dejando grandes espacios vacíos entre fecha y fecha. Como consecuencia, también la solución de la población escolar fue muy despacio: 120 alumnos en 1945, 300 en 1957, 500 en 1973 y 923 en 1995.

 

Creo que es nota destacable en esta obra el ritmo siempre muy lento en su caminar. Yo creo que la Divina Providencia quiso que se engendrase y naciese con el sigilo de la contrariedad y de la lucha, que su andadura en medio de muchas dificultades fuese excesivamente penosa, como si quisiera que antes de consolidarse, con un desarrollo reposado, fuese adquiriendo experiencia y madurez,

 

Yo diría que ha sido una obra perezosa para nacer y perezosa después en su crecimiento. Los elementos, las circunstancias, la escasez de medios económicos, los acontecimientos adversos, han sido los culpables de ese caminar cansino, y nunca los hombres que con sacrificio y entrega han puesto cada día lo mejor de su vida para paliar y vencer las dificultades y conseguir en cada momento de su historia que apareciese como una obra modelo de alta eficacia educativa. Y lo han ido consiguiendo. Se pueden dar datos concretos de la veracidad de esta última afirmación, pero sólo señalar uno de muy significativo y alto valor, que es el aprecio que desde las primeras horas los padres de los educandos han tenido al colegio de sus hijos, y ésa ha sido la tónica que se ha mantenido e incluso ha ido aumentando durante los 50 años de existencia. Con el fin de estar más cerca de los problemas en la educación de sus hijos y de ayudar en lo posible al Colegio, muy pronto crearon la Asociación de Padres, que siempre funcionó muy bien y que no hay duda que hoy también esa Asociación se mantiene en línea muy positiva tanto en organización como en preocupación por la obra a la que respaldan y ayudan con eficacia.

 

A pesar de todas las carencias que he señalado y el avanzar tranquilo de la obra, lo más importante sin duda es poder constatar con gozo que a los 50 años de aquel comienzo humilde ha adquirido una madurez sólida; es hoy un centro de educación muy bien organizado, con vida intensa en la línea educativa, pedagógica, pastoral, extraescolar y de relación abierta y confiada con los padres de familia. No comparo, pero sí afirmo, que se le puede colocar al menos al mismo nivel que los demás colegios Marianistas. Quizás ese lento avanzar de agua semirremansada ha ayudado a decantar lo mejor, quedando sedimentado en el fondo lo de poco o ningún valor.

 

Quiero pensar que los obreros de primera hora, los pioneros, a su pobreza de medios, supieron añadir un potente motor, un caudal inmenso de entusiasmo, de buena voluntad, de entrega y sacrificio, que han ido heredando, conservando y aumentando los obreros siguientes, venciendo no pocos obstáculos. Entre todos hay que repartir el mérito y a todos tiene que llegar el agradecimiento. Sin embargo me atrevo a colocar en primera fila a los que también han tenido la mayor responsabilidad y el mayor peso, que son los directores, como jefes que han sido de los equipos educativos en las diferentes etapas. Buenos y expertos pilotos, merecen especial reconocimiento y agradecimiento.

 

Que al traer a la memoria detalles de los primeros momentos de la Fundación, sean como recuerdo-homenaje en estas Bodas de Oro a los que fueron capaces de engendrarla, cuidarla y defenderla durante su gestación, traerla con alegría a la vida en el momento que pudo ser y acompañarla con mimo en los primeros pasos de su andadura.

 

La primera figura a destacar es la fundadora, Excma. Sra. Dña. Ana Bertodano de la Cerda, Marquesa de Bárboles y Grande de España. No tengo datos de su vida; sólo puedo adelantar que era una señora de la aristocracia madrileña, muy piadosa y con fuertes inquietudes de tipo social, que concibió en su mente y en su corazón la idea de aportar los medios económicos necesarios para la construcción de un colegio en el que se educasen niños de familias pobres. Es natural que para cumplir sus deseos tuviese necesidad de apoyarse en alguna institución, y dada su manera de sentir y pensar tenía que ser religiosa. No he podido averiguar por qué escogió la Compañía de María ni cuál fue el origen de su gran amistad y su absoluta confianza en el Marianista don Juan Alonso, que en realidad fue su confidente y heredero espiritual, y el 21 de agosto de 1920 hace entrega a la Compañía de María de unos títulos de la Deuda Pública por valor de 3.103.500 Ptas. y firma el contrato el Provincial de los Marianistas. Era un contrato de renta vitalicia, que significaba que la Compañía de María se comprometía a dar, de los intereses, una renta de 50.000 Ptas. trimestrales a la señora Marquesa mientras viviese; Después de su muerte, con el capital e intereses acumulados se haría frente a los gastos de la Fundación.

 

El 15 de septiembre de este mismo año se redactan las voluntades de la fundadora, de las que se hizo cargo D. Juan Alonso y pasaron a escritura oficial el 7 de abril de 1921.

 

Son muy curiosas esas voluntades y redactadas deteniéndose en muchísimos detalles. De ellas saco este párrafo que creo que es interesante. Dice: “Es mi voluntad como fundadora, que habiendo enterado a mi hermano D. Juan Alonso de mis deseos y voluntad de que a mi muerte se haga la Fundación de niños pobres bato la dirección de mis hermanos los Marianistas, que este hermano en quien he depositado mis intenciones religiosas y mi confianza, vaya a la Fundación por ser él quien mejor conoce mis deseos e intenciones y a quien ruego de un modo especial el cumplimiento de las mismas”.

 

Los Superiores Marianistas acogieron con agrado este proyecto, pues significaba la posibilidad de tener en Madrid una obra en favor de niños pobres. Cuando ya funcionaba el Colegio del Pilar en el edificio actual, la misma fundadora repetía con frecuencia a D. Juan que era bueno que los Marianistas tuviesen este Colegio para niños humildes como complemento del Colegio del Pilar donde se educaban niños de familias ricas.

 

D. Juan Alonso, figura importante desde el primer momento, es desde la muerte de la fundadora, 15 de diciembre de 1927, la principal pieza y sobre sus espaldas cayó todo el peso del proyecto y la obligación de dar los pasos necesarios para ponerlo en marcha cuanto antes. Corto de estatura, gordito, de carácter pacífico, bonachón, muy inclinado al trato con los niños, agradable y abierto en las relaciones con los demás y, desde luego, muy fino diplomático, no se amilanó, se comprometió a ser buen valedor y sintiéndose arropado por los Superiores Marianistas, empezó a actuar, aunque sospechaba muchas dificultades, algunas de las cuales empezaban a salir a la superficie. Creo que en adelante la Fundación fue la obsesión de su vida. Luchó y defendió la obra con tenacidad, constancia y energía.

 

Y la primera dificultad la originaron los herederos que reclamaron el capital destinado a la Fundación. Surgen los pleitos, se multiplican los juicios y, durante seis años y medio luchó D. Juan sin ceder en sus exigencias, aunque hubo momentos de aparente fracaso, hasta que al fin tuvo la alegría de ganar el pleito por sentencia del Tribunal Supremo, el 11 de julio de 1934.

 

Está claro que D. Juan tenía gran fe en que la sentencia sería positiva, puesto que en ese tiempo, para ir ganando etapas, actuó también en otras dos líneas. Pidió a la Compañía de María que entregase el dinero que tenía en depósito. Se hizo efectiva la entrega ante notario el día 2 de agosto de 1930: 3.176.500 Ptas.; capital inicial con el que empezó su andadura la Fundación Santa Ana y San Rafael. Solicitó también el reconocimiento oficial de esta Obra Pía, en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, y efectivamente por Real Decreto del 24 de abril de 1930 se declara: "Fundación Benéfico-Docente de carácter particular y en él se especifica: que se reconozca como patrona a la Congregación Religiosa Compañía de María, Marianistas, que se forme un Patronato de cinco personas, de las cuales tres han de ser Marianistas y, mientras viva, una de esas tres ha de ser el religioso D. Juan Alonso”. De hecho el Patronato le nombró presidente, que ejerció hasta su muerte.

 

Se ha ganado el pleito con los herederos, está la Fundación reconocida oficialmente, se ha recuperado el capital fundacional, está por lo tanto abierto el camino para empezar a actuar. Y, efectivamente, el Patronato compra el solar en el que se construirá el edificio, firmando la escritura de compra-venta con la propietaria de los terrenos, Dña. Manuela Padierna de Villapadierna, el día 15 de febrero de 1936.

 

Pero por desgracia la situación de España en guerra provocó una nueva espera.

 

Renacida la calma, D. Juan volvió a poner en juego sus energías para cumplir su compromiso y realizar sus ilusiones. Tampoco fue el camino de rosas y tuvo que luchar de nuevo con dificultades de otro tipo; con el Ministerio, con arquitectos, con la empresa constructora y, sobre todo, contra la carrera desbocada de los precios en salarios y materiales, que aumentaban cada mes, la que obligó a dar marcha atrás y construir solamente una parte pequeña del proyecto primero. Al fin Dios premió sus desvelos y le concedió la gran alegría de ver funcionar las primeras clases en octubre de 1945, dieciocho años después de la muerte de la señora Marquesa.

 

Seguramente que tantos trabajos, preocupaciones, sacrificios, disgustos, minaron profundamente su salud, que empezó, a dar señales de deterioro importante, de tal manera que a los pocos meses moría apacible y santa mente el día 27 de enero de 1946. Con este sentido y agradecido recuerdo, celebramos también los 50 años de su muerte.

 

Es de justicia recordar a D. José Alegre García, brazo derecho de D. Juan Alonso, sobre todo, en los últimos tiempos y su sucesor en el Patronato. D. José, a pesar de sus ocupaciones como director de Primera Enseñanza en el Colegio Ntra. Sra. del Pilar, encontró siempre tiempo para resolver asuntos de la Fundación. Con su bondad, suavidad apertura y elegancia de trato, su diplomacia de buena ley y el conocimiento de personalidades influyentes que le proporcionaba su cargo de Director en el Colegio de Castelló, contribuyó eficazmente a resolver muchos problemas ya abrir muchas puertas que parecía imposible franquear.

 

Muere D. José Alegre el 4 de mayo de 1947 y le sucede D. Andrés Pérez Asenjo, que toma las riendas con entusiasmo, pero que se encuentra con los intereses del capital agotados.

 

Tiene que esperar pacientemente y tiene que ir buscando y mendigando ayudas, hasta que al fin puede decidir la construcción del segundo pabellón y la galería de unión que se inauguró el día 20 de octubre de 1957, justo a los doce años de haber empezado a funcionar las primeras clases. Aquí pongo final a esta trayectoria de sucesiones, pues, desde este momento ya es todo más cercano y más conocido.

 

No quiero olvidar tampoco a o. Antonio Martínez García, Inspector de los Colegios Marianistas de España y que como autoridad de la Compañía, aportó siempre el calor, la ayuda y el entusiasmo de la Congregación.

 

Igualmente quiero recordar al Excmo. Sr. D. Luis Moya Blanco, arquitecto de las obras, que demostró su interés por esta obra y su amistad y aprecio a los Marianistas, de los que había sido alumno, en el atento seguimiento de los trabajos y en la pronta y eficaz solución de los problemas que fueron surgiendo.

 

Y cierro esta pequeña reseña con el recuerdo cariñoso y muy agradecido de tres religiosos Marianistas que, en su humildad, fueron peones muy importantes en los momentos en que el Colegio Santa Ana y San Rafael dio sus primeros pasos e inició una titubeante andadura. Muy pronto fueron pasos seguros y de andar recio por el camino que estos tres buenos hermanos fueron trazando con sabiduría, con seriedad, con correcta línea pedagógica, con suave pero firme exigencia, con gran respeto y amor a los niños y, sobre todo, con el sacrificio del trabajo diario realizado con excesiva pobreza de medios y en circunstancias poco cómodas. Son los obreros de primera hora que antes señalé, que marcaron certeramente la ruta, imprimieron al centro un ritmo adecuado y le dieron el espíritu característico de los colegios marianistas. Creo que en estos momentos de bodas de aquellos comienzos es justo los pongamos con gratitud y cariño, como he dicho antes en el candelero de estas memorias.

 

D. Nicolás Lara, director. Religioso humilde, sin muchos vuelos y pretensiones, pero trabajador incansable. Tímido por carácter y temperamento, de austeridad monacal, cumplidor escrupuloso de sus obligaciones, educador perfecto que sabía exigir con mezcla exacta, tan difícil de alcanzar, de rigidez y comprensión y suavidad. El Señor se lo llevó para darle la recompensa como servidor bueno y fiel.

 

D. José Roa. No viví mucho con él, pero lo recuerdo como un hombre de buen carácter, diría que bonachón, acogedor, de sonrisa amplia y risa espontánea y agradable, de pocas pretensiones, contento en su trabajo escolar que cumplía muy bien. Yo creo que también tenía una veta de artista, pues le gustaba mucho la música y tocaba el violín, del que se servía en la clase de canto con sus alumnos. También lo llamó el Señor a la felicidad del Cielo.

 

Y el tercero, D. Ángel Gallo. Gracias a Dios lo tenemos todavía entre nosotros, recién cumplidos 79 años. Por no herir su modestia y sencillez, no me extiendo en detalles. Creo que dentro del engranaje de aquella máquina, fue pieza importante. Dada su dedicación y sus cualidades los superiores le nombraron director para sustituir a D. Nicolás. Fue el segundo director del Colegio.

 

Termino, deseando con toda mi alma lo mejor para esta obra. Todos nos alegramos que haya llegado a la mayoría de edad y queremos que consiga más plenitud cuando se cumplan los proyectos que tienen en estudio muy adelantado el Patronato y la Dirección, que con ayuda de Dios y de la Virgen, teniendo como intercesores a los patronos Santa Ana y San Rafael, al P. Chaminade y a los obreros que gastaron aquí sus fuerzas y nos contemplan desde el Cielo, siga este querido Colegio, con próspero viento, dando a los niños y jóvenes el mejor servicio pedagógico, cultural, religioso y educativo integral, que les ayude a conseguir ese "acabamiento de homes" que decía el Rey Sabio.

 

D. Vicente H. HERNANDO ELORRIETA

(Escrito en enero de 1996 para la revista del Cincuenta Aniversario del Colegio Santa Ana y San Rafael)