Un correo electrónico recibido en Brasil

El 3 de octubre, domingo, terminaba la visita a la comunidad de Tupa. Llevaba ya desde el 16 de septiembre en contacto con las tres comunidades marianistas de Brasil y había tenido también la ocasión de convivir y celebrar la Eucaristía con las hermanas de Campinas. El 4 lunes viajamos a Marilia. La conclusión de la visita coincidía con la celebración de una Asamblea de la Unidad que nos iba a ocupar hasta el miércoles 6. Un poco antes de las 10,30 de la mañana, hora fijada para el comienzo, abrí el correo electrónico de Domingo Fuentes, donde José Antonio Muguerza me había estado enviando con regularidad las noticias más significativas de la vida de la Provincia en España.

Tuve que leer dos veces para asegurarme de que entendía bien el título: “Fallecimiento de D. Vicente”. Después volví despacio sobre el texto: "Esta noche ha fallecido en Siquem D. Vicente Hernando. El funeral será en la Parroquia María Madre de la Iglesia a las tres y media de la tarde. El entierro será a continuación en el Panteón de la Provincia". La brevedad de una comunicación de urgencia sin especificar detalles no daba lugar a dudas. Cuando salí de España para Brasil, D. Vicente iba a ser trasladado a Siquem después de más de mes y medio de estancia en San Camilo y en el Hospital de la Princesa. A pesar de lo delicado de su salud no se preveía un desenlace tan rápido.

Leí el mensaje y empezó la Asamblea con un tiempo de oración y retiro. En el primer momento que pude, envié un texto respuesta a José Antonio con el contenido siguiente:

Querido José Antonio,

Gracias por la rapidez en la comunicación. Me gustaría que en algún momento del funeral se leyeran las líneas que siguen.

Muchas gracias.

Ignacio

Queridos hermanos de la Provincia, querida familia de D. Vicente y queridos amigos que estáis aquí para acompañarle en su viaje definitivo hacia el Padre.

La noticia de su fallecimiento me ha llegado en Brasil, justo inmediatamente antes del comienzo de un encuentro de tres días con todos los religiosos marianistas que trabajan aquí. Hemos rezado por él y le hemos pedido que rece por nosotros.

Conocí a D. Vicente cuando yo era alumno del Pilar y él empezó como Director de los pequeños. Desde entonces he admirado en él, ante todo, su deseo profundo de vivir la vida religiosa marianista. También su convicción serena en el valor de la educación, su dedicación a ella, su capacidad de trato y su sencillez.

Ya retirado de la labor de dirección continuó siendo una figura importante en el Colegio manteniendo la conexión entre el pasado y el presente.

Todos hemos aprendido mucho de D. Vicente. Para los religiosos y para los seglares ha sido un modelo de fidelidad a sus compromisos en su vida y en su misión; la persona que busca responder en cada momento a lo que Dios quiere. La vida religiosa y la vida de la Iglesia se abren ahora a los nuevos retos de la sociedad. Ojalá seamos todos capaces de responder a ellos con la misma ilusión y la misma entereza con la que D. Vicente quiso vivir sus largos años de vida marianista.

Desde aquí, junto con los religiosos marianistas de Brasil, unido a todos vosotros, rezo por él. Creo que también puedo pedirle que rece él por nosotros porque tengo la seguridad de que en este momento está muy cerca de Dios.

Que sepamos  todos, en especial su familia, vivir estos momentos con fe y esperanza.

Rezad por los religiosos de Brasil, para que en la Asamblea que acaba de empezar renueven su ímpetu misionero y busquen los caminos más adecuados para continuar implantando el carisma marianista en Brasil.

Un saludo a todos

Ignacio Zabala, SM

Con las prisas no hice cuentas de la diferencia horaria y el mensaje salió de Brasil casi cuando empezaba el funeral. No pudo leerse en él. Sirvan estas líneas como continuación a ese primer recuerdo y homenaje.

Para todos era D. Vicente

En los momentos de trato formal, los religiosos marianistas somos denominados anteponiendo el calificativo de Padre o de Don al nombre propio, según se trate de un sacerdote o de un religioso laico. En situaciones más informales, tanto dentro como fuera de las comunidades, los tratamientos oficiales suelen desaparecer.

Era allá por los años 80. La Parra, antiguo noviciado, convertido en esos momentos en casa de oración, era la sede habitual de los Capítulos Provinciales: 24 religiosos reflexionando y decidiendo la orientación de la Provincia con sesiones de mucho intercambio. Quien quiere intervenir levanta la mano. El moderador apunta el nombre y va dando la palabra de forma ordenada. En un ambiente de confianza, va pronunciando los nombres de los que van a hablar: Julián, Pedro, Ramón, Rafael, D. Vicente. Cada uno hace la aportación que cree oportuna. Cuando llega su momento, D. Vicente empieza a hablar: “Antes que nada quiero que me expliquen una cosa: el P. Julián es el Provincial, D. Pedro es el Administrador Provincial, D. Ramón dirige el Colegio de Ciudad Real, el P. Rafael es Párroco en Jerez. ¿Por qué el moderador al dar la palabra habla de Julián, Pedro, Ramón y luego de D. Vicente?. No me parece bien". La respuesta espontánea de los capitulares fue significativa: “D. Vicente, hay cosas que caen por su peso y no necesitan explicación”. Su sencilla seriedad nos invitaba a todos a tratarle con esa señal de respeto. Sus canas y su forma de proceder nos invitaban a ello sin que el empleo de un término más formal supusiera un distanciamiento.

            Desde que lo conocí vi en él una persona seria y serena, que se hacía respetar, muy consciente de su responsabilidad y ejerciendo su autoridad con claridad y con firmeza. Siempre en su sitio. A la vez, querido por los niños, acogedor con todos e inspirador de confianza. En resumen D. Vicente.